viernes, 6 de noviembre de 2009

Un camino con señales claras.

Hubo un tiempo en mi vida que dedique horas entre mis actividades diarias y compromisos fijos, a cuestionarme sobre el porque de algunas cosas que según mi apreciación no tenían porque estar pasando. Tuve la impresión de que con todo y tener ciertos aciertos sobre el porque y para que, aquello parecía dimensionarse como para llevarme a una verdadera polémica sobre un precio a pagar en circunstancias verdadera mente incomodas. Hubo crisis; pataletas, rompimiento de esquemas y reacciones un tanto violentas.
Después de un rato de permanecer practicamente sin concertar un final definitivo, Ore a Dios. Es sencillo el acto de orar, no se requiere elocuencia para comunicarse con el Ser Supremo, y sinceramente estaba inquieto por todos mis desacuerdos con la experiencia de ese tiempo. Ore con . Desde un punto de vista inteligente, invoque al diseñador de la vida, desde un corazón necesitado de guianza sabia recurrí al Todopoderoso. Fue una extensión en una practica que empezó en mi conciencia y terminó en un Encuentro con mi Origen. Hable con él durante varios días hasta que la inquietud ceso, siempre he pensado que la práctica de una religión nos debe llevar a un equilibrio. Precisamente, después de recibir esa luz que llego como respuesta mi mente se ordeno y mi corazón se aquieto. Fue como calmar las corrientes de un río impetuoso o doblegar la fuerza de un caballo que demanda atención. Hubo batalla y el desenlace alcanzó hasta mis días en el presente. Así tome una responsabilidad: Visitar el trono del Universo con cierta frecuencia.
Orar con requiere nada más un corazón despierto enfocando un interés específico que solicita una respuesta del ámbito sobrenatural y es allí donde tu y yo terminamos y Dios empieza a revelarse.